11/11/09

Zapatos no Danubio

Un monumento para lembrar as vítimas do holocausto nazi en Budapest:



Vía blogmaniacos

10/11/09

O imperio invisible

Falando do nazismo, achégovos esta serie fotográfica: o finlandés Juha Arvid Helminen propón O Imperio Invisible, toda unha reflexión visual sobre o fascismo. Individuos sen personalidade que se corporizan en uniformes. Nesta ligazón tedes a serie completa.

09/11/09

Bert Trautmann


Vía Libro de Notas chegamos á historia de Bert Trautmann , poteiro alemán que chegou ás illas británicas como prisioneiro de guerra nazi.


La Segunda Guerra Mundial dejó tras de sí millones de víctimas, países enteros completamente asolados y, sobre todo, varias generaciones de europeos marcadas de por vida. Tanto en uno, como en otro bando. Además, el final del gran conflicto bélico del siglo XX sacó a la luz un sinfín de historias de héroes anónimos que fueron alimentando su particular leyenda entre las llanuras nevadas del frente del Este, en las ciudades centroeuropeas ocupadas o en los continuos bombardeos áereos cruzados.

La vida de Bernhard Bert Carl Trautmann dio muchas vueltas en aquella primera mitad de la década de los 40. Nacido en Bremen en el 23, Trautmann, como muchos otros jóvenes de su generación afines a la ideología nacionalsocialista (en su adolescencia había formado parte de las Juventudes Hitlerianas), se alistó en la Luftwaffe para ayudar a la que él consideraba una causa justa. Los primeros años de servicio pasaron sin excesivo problema, desempeñándose como operador de radio en la Polonia ocupada. Más tarde, el destino le llevó a combatir, reubicado como paracaidista, en el frente del Este, debiendo combatir contra el Ejército soviético y contra el duro invierno del 41 y sobreviviendo a la cruenta lucha y siendo ascendido y condecorado por sus méritos en el campo de batalla. Posteriormente, Trautmann sobreviviría a los implacables bombardeos aliados en la ciudad fronteriza alemana de Kleve, aunque la fortuna no le terminase de sonreir de manera definitiva. A los pocos días, y con Kleve derruida en un 90%, Trautmann fue hecho prisionero por dos soldados norteamericanos, de los que conseguiría escapar… para volver a caer de nuevo, indefenso, ante un pelotón británico que, esta vez sí, lo trasladó hasta el campo de prisioneros de Ostende (Bélgica).

Tras permanecer un tiempo en el continente, Trautmann fue de nuevo trasladado a Gran Bretaña, aún como prisionero de guerra. Fue allí, como no podía ser de otro modo, donde comenzó su particular relación con el fútbol, en los habituales partidillos entre soldados y prisioneros. Muy dotado para la actividad física (ya en su etapa en las Juventudes Hitlerianas había destacado en varios deportes), Trautmann destacaba sobre el resto de compañeros sobre los embarrados e improvisados campos de Lancashire, entre barracones, muros y alambradas.

Ya con el fin de la guerra, Trautmann se negó a ser extraditado a su país de origen. Decidió iniciar una nueva vida en Inglaterra, alejado de la compleja situación que se vivía en una Alemania hundida tras la caída del nazismo. Se buscó la vida trabajando en lo que pudo (primero en una granja, después en diversas factorías de la ribera del Mersey), y dedicó sus ratos libres a lo que el grueso de la población inglesa de su entorno los dedicaba de una u otra manera: al fútbol. Trautmann se enroló en las filas del modestísimo St. Helens Town, un club amateur de las cercanías de Wigan. Sus grandes dotes bajo los palos hicieron que, pese a lo modesto de la categoría en la que jugaba, varios equipos de renombre se fijaran en él. En el prisionero nazi converso.

Así, a principios de la temporada 1949/50, Bert Trautmann firmó su primer contrato profesional con el Manchester City. Pero su llegada a los citizens no iba a ser bien vista por todo el mundo. Su pasado al servicio del Reich dejaba a Trautmann en una complicada tesitura frente a miles de seguidores de su nuevo equipo, que habían visto como sus casas y su país eran duramente bombardeados por aquella Luftwaffe, en la que el propio Trautmann había servido, durante la Blitzkrieg de finales del 40 y principios del 41. Así, fueron muchos los seguidores del City que se manifestaron en contra del fichaje de un futbolista que, pocos años atrás, había contribuido al mayor ataque sufrido por el país en su propio territorio en toda su historia.

Pero su buen nivel en la portería de un City que no pasaba por sus mejores momentos, contribuyeron a que su público comenzara a olvidar y dar por cerrado el pasado de Trautmann. Ya no veían en él al prisionero de guerra alemán, sino a un gran portero que había salvado muchos partidos para el club de sus amores. Con Trautmann asentado en la portería del equipo, sólo las hinchadas rivales terminaban sin aceptar con naturalidad el pasado bélico de nuestro protagonista. Los insultos aludiendo a su pasada condición de nazi eran una constante cada vez que visitaba campos rivales.

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Y fue precisamente en la capital inglesa, concretamente en Fulham, donde sucedió un hecho que cambiaría para siempre la carrera deportiva de Bert Trautmann. Corría el mes de enero de 1950, y un triste Manchester City que no conseguía salir de los puestos de descenso, visitaba al Fulham en Craven Cottage, en la que suponía la primera visita del meta alemán a la capital tras su llegada al país. Cuando todo el mundo preveía una contundente derrota de los celestes, la figura de Trautmann surgió colosal, sobreponiéndose a los continuos insultos desde el graderío, para salvar el honor de su equipo, que sólo cedió un 1-0 en el marcador final, con varias paradas milagrosas que hicieron de él un héroe en ciernes. Tras el pitido final, los futbolistas de ambos equipos, rendidos a la soberbia actuación de Trautmann bajo los palos del City, tributaron una merecida ovación conjunta al portero, que poco a poco fue contagiando al público que abarrotaba el Cottage.

Tras un descenso de categoría en esa misma temporada, y el consiguiente ascenso sólo un año después, Trautmann continuaría forjando su leyenda en la portería del City con actuaciones para el recuerdo, como la ofrecida en la final de la FA Cup del 56. Diez años después de su llegada al equipo, Trautmann viviría una experiencia que le colocaría para siempre en el imaginario de la hinchada citizen. Con 3-1 en el marcador a favor del City, el Birmingham apretaba en la recta final del encuentro dispuesto a recortar distancias. Cuando las cosas comenzaban a ponerse feas para los mancunianos, Trautmann salió a tapar una incursión hacia portería del interior zurdo Peter Murphy, cuando la rodilla de éste golpeó violentamente contra el cuello del meta alemán (minuto 0:50 del vídeo). El dolor debió de ser terrible. Trautmann tenía cinco vértebras dislocadas y una de ellas partida en dos. Ajeno al sufrimiento, y poniendo inconscientemente en grave peligro su vida, Bert continuó jugando los poco menos de quince minutos que restaban hasta el final del partido, salvando a los suyos de una casi segura remontada rival, con una actuación de antología.





La gravísima lesión apartó a Trautmann de los terrenos de juego durante la práctica totalidad de la temporada siguiente. Pese a tratar de ir entrando en la dinámica del equipo poco a poco, el héroe de Wembley no volvió a ser el mismo de antes de su lesión. Con el equipo metido en una racha de resultados horrorosa, Trautmann llegó a vestirse de corto en 34 partidos de la 57/58, pero su estado de forma, a sus 36 años, con una rotura de vértebras, cuatro años de servicio en el Reich y casi otros cuatro como prisionero de guerra, no terminaba de ser el idóneo para un portero sometido a la máxima exigencia.

Miembro del English Football Hall of Fame desde el año 2005 (es uno de los ocho futbolistas no originarios de las islas que ha conseguido tal distinción), Bert Trautmann marcó, sin lugar a dudas, una época, tanto en el Manchester City (545 partidos a lo largo de 15 temporadas) como en el fútbol inglés que, afortunadamente, consiguió aparcar para siempre el pasado nazi del héroe del 56.

07/11/09

Debuxar o horror

O 6 de agosto de 1945 caía a primeira bomba atómica arrasando Hiroshima. En The Big Picture tedes imaxes que dan conta da destrución e da dor.
Moitos anos despois, algúns dos supervivintes tiveron a oportunidade de debuxar as lembranzas dese pesadelo. Na web Children of the Atomic Bomb recopilaron estes debuxos:





E premede tamén aquí para saber e horrorizármonos algo máis: a memoria é necesaria.

Vía Fogonazos.

06/11/09

Recreación da 2ª Guerra mundial

Unha compañeira das B.E. achéganos esta moi boa presentación para entender mellor o proceso da Segunda Guerra Mundial. Ide premendo vós nas frechiñas e poñede os altofalantes: seredes testemuñas de como avións, tanques... foron conquistando países e como foron derrotados os nazis por dúas frontes. Está realmente xenial e é moi instrutiva. Creo que só faltan as datas para ser perfecta:

05/11/09

Los falsificadores

Esta película conta a historia duns xudeus nun campo de concentración, pero a diferenza do resto, gozan duns privilexios especiais, xa que son os encargados de levar a cabo a "Operación Bernhard", falsificando pasaportes, documentos, papeis e cartos. Vivir mellor cós demais, ou simplemente VIVIR, converterase nun dilema moral ao longo do filme, o que fai que esta sexa especialmente interesante. Máis que recomendábel


04/11/09

AUSCHWITZ, SÍMBOLO DO HORROR


O 27 de xaneiro de 1945 o exército aliado liberaba o campo de exterminio de Auschwitz, símbolo do xenocidio nazi. En memoria dese día a ONU declarou esta data Día Internacional para Honrar a Memoria das Vítimas do Holocausto.
Case un millón de xudíos de toda Europa morreron neste campo de concentración situado perto da cidade polaca de Cracovia.
PARA SABER MÁIS SOBRE O HOLOCAUSTO ENTRADE AQUÍ.
Son moitos os libros que fan referencia a este tráxico periodo da historia de Europa e moitos deles podedes consultalos na biblioteca.
Pero se queredes coñecer algúns libros máis relacionados con este tema entrade AQUÍ.

A continuación tedes tamén o testemuño dalgunha das vítimas:










03/11/09

Irena Sendler

Irena Sendler foi unha heroína descoñecida debido aos anos de escurantismo comunista que a eliminaron dos libros oficiais de historia.
Cando Alemaña invadiu Polonia en 1939, Irena era enfermeira no Departamento de Benestar Social de Varsovia, onde se manexaban os comedores comunitarios da cidade. En 1942 os nazis crearon un ghetto en Varsovia e permitían que os polacos controlasen o recinto por medo a unha epidemia de tifus. Irena conseguiu identificacións da oficina sanitaria, na loita contra enfermidades contaxiosas.
Comezou a poñerse en contacto con familias para ofrecerlles levar aos seus fillos e fillas fóra do ghetto. E debía convencelas. Porque os pequenos morrerían se permanecían nel.
Comezou a sacalos en ambulancia como vítimas de tifus, pero axiña collía calquera cousa ao seu alcance: cestos de lixo, caixas de ferramenta, cargamentos de mercadorías, sacos de patacas, cadaleitos...
Elaborou centos de documentos falsos con identidades novas para os nenos e nenas xudeus. E ideou un arquivo no que rexistraba os nomes dos nenos e as súas novas identidades; anotaba estes datos en pequenos anacos de papel e gardábos dentro de botes de conserva que logo soterraba baixo unha maceira no xardín do seu veciño. Alí gardou o pasado de 2500 nenos.
O 20 de outubro de 1943 foi detida pola Gestapo e levada a prisión para ser brutalmente torturada, pero nunca traicioou os nenos. Foi sentenciada a morte, mais o soldado que a levaba deixouna fuxir por ser subornado pola resistencia; desde entón tivo unha identidade falsa.
Cando rematou a guerra, desenterrou os frascos e utilizou as notas para topar os 2500 nenos; puido reunir a moitos coas súas familias diseminadas por toda Europa, outras familias foran exterminadas nos campos de concentración nazis.
Os nenos só a coñecían polo seu nome en clave: "Jolanta".
Morreu o 12 de maio deste ano con 98 anos de idade. No ano 2007 o goberno de Polonia presentouna como candidata ao Premio Nobel da Paz, que lle foi concedido a Al Gore.


Vías


01/11/09

Actividades sobre o Holocausto

O tema deu moito para si, e @s membr@s do club de lectura están moi interesados, polo que deixamos aquí esta proposta de actividades que tan amablemente nos achegou Luz Paramio

31/10/09

E se Alemaña ganase?

Documental que “fantasea” sobre como sería o mundo se Alemaña tivese gañado a Segunda Guerra Mundial.


30/10/09

Os nenos roubados por Hitler

A raíz da lectura de Enderezo descoñecido e de adentrarnos na Alemaña nazi e na Segunda Guerra Mundial, tráiovos este interesante artigo:


Unos 200 niños polacos de un campo de refugiados austriaco llegaron en 1946 a Barcelona en una operación de la Cruz Roja. Eran niños rubios "de aspecto germano" robados por los nazis o fruto de experimentos para crear la superraza aria. Algunos volvieron a su país, otros fueron a EE UU. Varios de ellos relatan a EL PAÍS su drama de desarraigo e identidad perdida.

De la mano de la Cruz Roja internacional, 200 niños polacos robados por los nazis durante la II Guerra llegaron a Barcelona en 1946 procedentes del campo de refugiados de Salzburgo (Austria). Algunos habían sido seleccionados por culpa de sus rasgos físicos pretendidamente arios y arrancados de sus padres, otros eran hijos de los trabajadores esclavos utilizados hasta la extenuación en la industria alemana de guerra. También había pequeños engendrados en el diabólico proyecto eugenésico de los Lebensborn, (la fuente de vida), las granjas de procreación y educación nazi destinadas a crear la superraza, en las que se forzaba a las mujeres seleccionadas a acostarse con los oficiales alemanes.

Los seis hermanos Wieczorek fueron arrancados brutalmente de los brazos de sus padres por los nazis

Muchos perdieron toda posibilidad de rescatar su identidad a causa de la quema de archivos por parte de los nazis

Recuerdos que son señas de identidad: "Mamá tenía una chaqueta marrón, nos separaba una alambrada, lloraba"

El verdadero drama era la búsqueda de identidad. Preguntaban: "¿Quiénes son mis padres?". "¿Está viva mi madre?"

Aleksandra Gruzinska: "Barcelona es nuestro paraíso perdido". Lo repiten todos los niños robados

Josef Szpaczkek: "Perfeccioné mi español para seducir a una pamplonesa, pero nos llevaron a EE UU"

Desconocida hasta ahora, la historia de estos niños polacos hurga cruelmente en la herida moral de la humanidad porque fueron despojados de su nombre, su memoria y su lengua, germanizados y, en ocasiones, entregados a familias alemanas y nuevamente desgajados de estos hogares al término de la contienda.

Muchos perdieron irremisiblemente la posibilidad de recuperar su identidad y su familia en la hoguera con la que los nazis en retirada destruyeron los archivos que daban cuenta del delirio de recreación de la raza aria. Tal y como ha constatado este periódico, seis décadas más tarde, la herida del limbo identitario sigue supurando en el alma de los supervivientes, "españoles de corazón", y palpita dolorosamente con el recuerdo de las traumáticas experiencias vividas. Tuvieron que resignarse a no saber de sus padres y hermanos, a descontar para siempre esos besos y abrazos y a vivir con ese vacío lacerante, algunos, en la sospecha de que su progenitor pudo muy bien haber sido un soldado alemán.

Todos llegaron a Barcelona con el enigma de su origen, pero sólo los que habían guardado en su memoria un recuerdo nítido -"Mamá tenía una chaqueta marrón, lloraba, pero nos separaba la alambrada"- o habían salvado un objeto -la fotografía doblada que la madre le dio a hurtadillas en la despedida, la medallita de la Virgen...- disponían de la prueba de una identidad perdida.

Escuchar sus padecimientos durante la guerra es asomarse a un abismo de angustias y terrores, de hambre y violencia. Se comprende que los desnutridos o enfermos huérfanos polacos encontraran en la pobre España de la posguerra el paraíso inesperado que añoran todavía 62 años más tarde.

El tiempo había acabado por sepultar aquellos hechos bajo una capa de olvido tan compacta, que la mera confirmación periodística de la llegada de esos niños a Barcelona pareció una empresa imposible. Los datos transmitidos en su día por personas ya fallecidas se revelaron pronto insuficientes o inexactos. Y rebuscar en los archivos de la Cruz Roja en Madrid y Barcelona, consultar a la Embajada y los consulados de Varsovia e indagar en la comunidad polaca resultó un ejercicio infructuoso. Nadie tenía noticia de estos niños.

Cuando el panorama invitaba al abandono y la historia parecía abocada a engrosar la carpeta de iniciativas fallidas, un diligente archivero de la Cruz Roja en Ginebra, tan dispuesto como para buscar más allá de las fechas convenidas, exhumó el listado de uno de los grupos que llegaron a la Ciudad Condal. ¡Era verdad! La consulta a las hemerotecas, ahora sí, en el año y las fechas correctas, mostró que esos niños de entre 2 y 12 años tenían también rostro y saludaban disciplinados con vivas a España desde la cubierta del mercante JJ Sister, que el 24 de abril de 1946 atracó en Barcelona.

Fueron alojados, inicialmente, en el número 49 de la calle Angli, una antigua checa (centro de detención) del Frente Popular que el Auxilio Social franquista (organización de beneficencia) había habilitado como residencia infantil, y luego en la residencia Vallcarca, también en el barrio de la Bonanova. Los periódicos españoles de la época presentaron la llegada de los "huérfanos de guerra polacos" como prueba del carácter humanitario del régimen, cuando aquel gesto respondió a la necesidad del Gobierno de Franco de congraciarse con los aliados victoriosos y hacerles olvidar sus simpatías por los derrotados alemanes. En las negociaciones diplomáticas, auspiciadas por el Vaticano, la dictadura franquista asumió el compromiso de facilitar el alojamiento y los cuidados necesarios, mientras que el Gobierno polaco en el exilio establecido en Londres, que no reconocía al poder comunista establecido en Varsovia, se encargaría de la educación-polaquización de los niños.

La experiencia se prolongó durante diez años, periodo en el que la mayoría de los niños, ya adolescentes o jóvenes, fueron devueltos a Polonia, a menudo contra su voluntad, y entregados a parientes que habían sobrevivido. ¿Qué pasó con aquéllos cuyos orígenes no pudieron ser establecidos? ¿Y qué habrá sido de esa chica rubia, de ojos azules, Teresa Lindner, que según el diario Pueblo se había prometido a un español estudiante de Ingenieros?

Seguir el rastro de los huérfanos polacos no devueltos a su país era como perseguir la sombra de unas nubes caprichosas que lo mismo se dirigían a Polonia, que a Francia, a Estados Unidos o al Reino Unido. Del listado de nombres puestos a búsqueda sistemática en Internet, únicamente el de Aleksandra Gruzinska obtuvo una respuesta positiva en Google. Había una Aleksandra Gruzinska profesora de francés en la Universidad del Estado de Arizona (Estados Unidos), y en la página figuraba la dirección de su correo electrónico. Era la última oportunidad y había que apurar la suerte, por improbable que pareciera que una persona de 75 años continuara profesionalmente activa. Que conservara su apellido de soltera en Estados Unidos significaba, además, que no se había casado, supuesto que reducía aún más las probabilidades.

"¿Es usted la Aleksandra Gruzinska que llegó a Barcelona en 1946 por mediación de la Cruz Roja?" Como ocurriría después con el resto de los receptores, el mensaje produjo el devastador efecto de un torbellino emocional. Rememorar el pasado en estos casos es destapar la caja de Pandora de los dolores y traumas padecidos, dar rienda suelta a recuerdos amargos y secretos que habían sido convenientemente domeñados y guardados bajo siete llaves. Ella se tomó su tiempo, sopesando si estaba dispuesta a dejarse envolver por el oleaje desatado en su interior, pero cinco días más tarde contestó: "Sí, soy una de las chicas de Vallcarca". Y hay que decir que pocas veces en el ejercicio de este oficio se reacciona a un mensaje con una exclamación de júbilo.

Aleksandra no pudo o no quiso entonces ir más allá -"me despido con mucha emoción", indicaba-, pero luego encaminó al periodista hacia un manantial informativo, el tesoro documental de los "huérfanos polacos de Barcelona", podríamos decir, que Cristina Tozer, hija de la canciller del consulado polaco en Barcelona Wanda Tozer, guarda en su casa de Madrid. Activista de la resistencia antinazi perseguida por la Gestapo, Wanda Tozer alojó en su casa de Barcelona a los pilotos polacos derribados en Francia y a los soldados perdidos que trataban de llegar a Gibraltar o a Portugal para desde allí regresar a sus bases en Inglaterra. "A veces me encontraba el salón tapizado de cuerpos", recuerda su hija Cristina. "Mi madre les daba documentación falsificada y dinero para que pudieran atravesar España". La señora Wanda fue la madre espiritual de los niños robados por los nazis que llegaron a España, además de su profesora de literatura y polaco. Era el enlace entre las autoridades españolas y el Gobierno polaco en el exilio.

Durante aquellos años, la canciller fue anotando las revelaciones que extraía de sus contactos con los niños -"yo también era muy pequeña y tenía celos de los cuidados que les prodigaba mi madre", indica Cristina-, hasta descifrar el secreto que guardaban. Descubrió que, en su gran mayoría, aquellos niños procedían de Silesia, región que los alemanes consideraban germánica y, por tanto, potencialmente susceptible de albergar los genes de la raza aria. Descubrió que a muchos de los pequeños les habían cambiado sus apellidos por otros, en ocasiones, despectivos e hirientes, como Koziok (cabrito); que les habían borrado los recuerdos familiares y prohibido el uso de su lengua; que habían sido robados y humillados; que habían pasado por sucesivos orfanatos y que los mayores habían sido abandonados cuando la contienda tocaba a su fin y forzados a vivir como salvajes en los bosques.

Wanda Tozer intuyó entonces lo que los historiadores tardarían mucho en comprobar: que en la región noroccidental de Polonia incorporada al Tercer Reich con el nombre de Wartehegau, a los niños de aspecto nórdico se les supuso un origen alemán y fueron germanizados. En su libro El trauma alemán, Gitta Sereny cita la orden de las SS número 67/1, en la que se alude a la "gran cantidad de niños en Polonia que por su aspecto son potenciales portadores de sangre valiosa para Alemania". La periodista austriaca sostiene que en las acciones punitivas contra la resistencia, la norma era ejecutar a todos los hombres y enviar a las mujeres a los campos de concentración, mientras que los niños de entre seis meses y dos años eran enviados a los hogares Lebensborn, y los mayores de doce, enviados a trabajar.

"La Gestapo se llevaba a los niños por la fuerza, sobre todo si respondían claramente a los criterios de raza", escribió ya entonces Wanda Tozer. "Los seis hermanos Wieczorek fueron arrancados brutalmente de los brazos de sus padres. Aleksandra Gruzinska, a la que sus compañeros llamaban Olga, no tuvo apenas tiempo de abrazar a su madre. Bronislaw Zimmy fue sacado de un orfanato para ser germanizado. Jerzy Kaczynski y su madre fueron llevados a Alemania para trabajar duramente. Jadwiga Bronowicka vio desde su escondite en un pajar cómo los rusos asesinaban a su padre...".

Son escritos, hasta ahora inéditos, que Cristina Tozer encontró en su casa a la muerte de su madre, en 1990. En todos ellos late la sensibilidad de una mujer, patriota polaca y católica, capaz de comprender el dolor de la "segunda ruptura" que padecieron los niños dados en adopción a familias alemanas y rescatados por los aliados al término de la guerra. "No querían ir con esos polacos de quienes habían oído decir tantas barbaridades y había que recuperarlos por la fuerza; ellos, a su vez, mordían o daban puntapiés a sus liberadores", anotaba Wanda. En ocasiones, sólo la música, las canciones polacas de cuna o los cantos navideños lograban penetrar en los espacios clausurados de la memoria y encender la chispa del recuerdo.

Pese a la imagen que aportan las fotografías de prensa de la época, las "cabecitas rubias que se apretujan unas con otras, lucen ropa militar y gorras americanas", que llegaron a Barcelona en sucesivas expediciones, estaban muy lejos de alcanzar el estadio de la felicidad. "Han desarrollado los instintos de supervivencia propios de los entornos hostiles y son desconfiados, hoscos y egoístas. Las chicas mayores, más germanizadas, son exigentes, desobedientes y contestonas, mal ejemplo para las pequeñas a las que incitan a la rebelión", escribió Wanda Tozer.

Su hija recuerda que aquellos niños con los que compartía la clase de polaco tenían siempre hambre aunque acabaran de comer, el apetito insaciable de los que han conocido el hambre. "Habían pasado tanta necesidad, que guardaban los chuscos de pan bajo los colchones para cuando les llegara esa hora negra del estómago aguijoneado. Además, rebuscaban en las basuras de la propia residencia de Vallcarca y de los alrededores y arrasaban los limoneros de la casa y los frutales vecinos", comenta. Sin embargo, como observó con asombro Wanda Tozer, aunque los niños no compartían las cosas, tampoco se robaban entre ellos. A falta de familia, muchos anudaron con algunos de sus compañeros una relación fraternal, que, en ocasiones, ha perdurado hasta hoy.

Las anotaciones de Wanda describen un cuadro psicológico de pesadillas, angustia y depresión, a la altura de los traumas y padecimientos vividos. Niños desquiciados entregados a la tarea de destrozar, claustrofóbicos que se fugan en pijama de la residencia creyendo huir de un bombardeo, pequeños que sólo calman sus nervios haciendo calceta...

Poco a poco, el trato de las cuidadoras españolas y de los profesores y curas polacos empieza a dar sus frutos. Barcelona les gusta y disfrutan de la playa y el sol. La vida se abre paso. Nunca olvidarán la noche del 24 de diciembre. Están todos juntos con la mirada fija en el firmamento, a la espera de que aparezca esa primera estrella que, en la tradición polaca, inaugura la Navidad. Muchos años después, ya casados y con hijos, seguirán telefoneando desde América, a la hora española, para felicitar la Nochebuena a la señora Wanda.

Aunque la residencia Vallcarca era y sigue siendo un edificio señorial, su vida estuvo también marcada por el frío y la penuria. Es lo que se desprende de los escuetos informes que Wanda Tozer elaboraba periódicamente, dominando a duras penas su exasperación: "No hay leche en los desayunos por falta de fondos. (...) La rotación del personal, por impago, repercute en los niños. (...) La falta de ropa y mantas es acuciante. Sólo tienen vestiditos de percal y enferman a causa del frío. (...) El zapatero remendón rehúsa arreglar los zapatos por falta de pago".

Sin embargo, el verdadero drama era el interrogante que consumía vorazmente a los niños cuando alcanzaban la adolescencia. "¿Quiénes son mis padres?". "¿Sabe si mi madre está viva?" Acostumbrada a resolver situaciones comprometidas -ablandaba los corazones de los comerciantes barceloneses o de los integrantes de la comunidad judía polaca y obtenía así dinero para las prendas de abrigo, útiles de aseo, incluso regalos de Navidad-, Wanda abordaba la depresión de los adolescentes invitándoles a merendar en su casa y tocando el piano para ellos. Con el tiempo, la red polaca APWR de localización de desaparecidos fue obteniendo resultados y comenzaron a llegar las primeras cartas de los familiares supervivientes: "Llevamos 10 años buscándote, vuelve a casa". El grupo fue poco a poco menguando. Siempre conducidos por Werner, el mayor, que nunca dejó de ejercer de padrecito responsable, los hermanos Wieczorek regresaron a Polonia. "Ya sólo queda un centenar. (...) Ela ha encontrado a su madre en Inglaterra, Mietek se va a Francia. (...) Ya sólo quedan 80", escribe Wanda Tozer y empieza a preguntarse qué puede hacer con los que quedan, adolescentes y jóvenes en su mayoría, que nadie reclama. Sabe que cada camastro desocupado es para ellos una nueva punzada, un agujero que amplía su vacío interior, un nubarrón que les ensombrece el futuro.

La solución la encuentra en Estados Unidos, en la gran colonia polaca neoyorquina de Buffalo. Piensa que aunque los chicos están aprendiendo un oficio, siempre encontrarán más posibilidades en América que en la aislada España franquista que no logra sacudirse la pobreza. La despedida de Barcelona, camino de Madrid, camino de Lisboa, camino de América, el 6 julio de 1956, es desgarradora. Lloran desconsolados mientras cantan Rozproszone polskie dzieci, la canción de "los niños polacos desperdigados".

Meses y años después, algunos todavía reprocharán con amargura a Wanda Tozer el haberles arrancado de España. "Barcelona es nuestro paraíso perdido", resume hoy Aleksandra Gruzinska. Lo repiten todos aquellos niños robados que, desde Buffalo, Arizona, Virginia, California, o Queensland (Australia), aceptaron el envite de EL PAÍS de rebuscar en la memoria a riesgo de alborotar sus corazones. Sí, Barcelona es la palabra mágica, la puerta que cerró el infierno de su traumatizada infancia y les devolvió la sonrisa.

Todos y cada uno de ellos tienen un relato extraordinario que no cabe en las páginas de un periódico. Fijémonos tan sólo en aquella chica rubia, de ojos azules, Teresa Lindner, que estaba prometida a un estudiante español de Ingenieros. Vive en Manassas (Virginia, Estados Unidos), se casó y ahora se llama Teresa Gilbert, tiene tres hijos y dos nietos. No ha vuelto a Polonia. "¿Para qué volver si no sé dónde buscar? Mi drama es que nunca he conocido mis apellidos. Los alemanes me sacaron de casa cuando debía tener cuatro o cinco años, y a esa edad los padres no tienen más nombres que papá y mamá. Me pusieron el apellido Lindner y sé que en el primer orfanato estuve con mi hermana, que luego nos separaron y que ya no la he vuelto a ver. Creo que éramos gemelas, porque teníamos dos vestidos iguales con un lazo azul que mi madre nos ponía para ir a misa y nunca sabíamos muy bien cuál era de quién hasta que yo manché el mío con una manzana. Sé también que tenía un hermano, porque un día...".

Aunque se había preparado anímicamente para este encuentro, Teresa Gilbert estalla en sollozos, pero prosigue con voz entrecortada. "Porque un día, poco antes de que llegaran los alemanes, estuve a punto de cortarle un dedo a mi hermano pequeño, y mi madre se enfadó muchísimo. Me pegó y me dijo que cómo podía estar haciendo diabluras con mi padre muriéndose. 'Reza para que tu padre no se muera', fueron sus palabras". Teresa recuerda que una vez fue a verlas al orfanato y se despidió diciendo que volvería "muy pronto".

Terminó en Austria, en manos de una familia de habla alemana. "Aquella mujer [Teresa Lindner no utiliza la expresión 'madre adoptiva'] vino una mañana a buscarme al colegio. Me asusté y pensé que me iban a castigar, pero por el camino me contó que habían llegado a casa unos militares y que tenía que responderles a todo 'no sé, no sé', en alemán. No podía hacer otra cosa porque ya no sabía hablar polaco, pero como me parecieron simpáticos y me ofrecieron una chocolatina, terminé yéndome con ellos. Acabé en el campo de refugiados de Salzburgo, donde había muchos niños de todas partes. Fue muy duro. Al final nos llevaron a Italia y de ahí embarcamos rumbo a Barcelona. Vallcarca es la residencia más hermosa que he visto en mi vida". Le pregunto qué pasó con aquel novio español y me dice que rompieron cuando ella empezó a trabajar en Estados Unidos, pero que volvió a verlo 20 años más tarde y que él todavía debe guardar algún objeto suyo.

Tampoco Maxsymiljan Jadoch sabe cuál es su verdadero apellido, sólo que las razones por las que le borraron su nombre pueden ser diferentes a las que intervinieron en el caso de Teresa. No tiene recuerdos anteriores a los de su vida en el orfanato de Silesia, pero nunca olvidó que una mujer que le visitaba de vez en cuando le había dicho que iría a buscarle cuando acabara la guerra. "En Barcelona, odié a esa mujer con todas mis fuerzas", dice. "Viví la adolescencia angustiado ante el futuro, torturándome con las preguntas: ¿Dónde están mis padres?, ¿quién soy yo? Él sí encontró a su supuesta madre, una mujer suiza que todavía vive, aunque mejor cabría decir que lo que Maxsymiljan (Max) encontró fue un fantasma. Hace 22 años", prosigue, "recibí una carta de la Cruz Roja alemana con el mensaje de que había una persona que me buscaba. Dos semanas más tarde me llegó el telegrama de una mujer que decía que me había cuidado en el orfanato y que quería verme. Fui a visitarla a Alemania, pero esa bruja no quiso contarme la verdad. Tenía miedo a que se airease el pasado y ni siquiera quiso admitir que era mi madre. Sólo me dijo que me habían cambiado el apellido y que jamás conocería a mi padre. Sé que ella tuvo un hijo con un alemán, y que ese hijo, Hans, se me parece extraordinariamente. No volveré a verla hasta que me diga quién soy".

Max sigue sintiéndose extranjero en Estados Unidos, y eso que vive allí desde hace 52 años y que se ha casado y tiene dos hijos. Dice que él pertenece a Europa, a Barcelona. "Sólo con oír la palabra Barcelona se me desatan todas las emociones, porque allí pasé los mejores años de mi vida después de mi calvario por Checoslovaquia y Austria. "¿Sabe que tuve una novia catalana?" Y este hombre de 72 años cita de corrido el nombre, los dos apellidos y la dirección exacta de aquel primer amor. También Josef Szpaczkek, que vive en Queensland (Australia), recuerda a "aquella chica preciosa", Antoñita, de Pamplona, que conoció en el sanatorio en el que estuvo hospitalizado. "Decidí perfeccionar mi español para poder seducirla, pero nos llevaron a América".

Al contrario que otros niños robados que optaron por negarse a mirar el pasado, para que la herida no siguiera sangrando, para que la memoria quedara sepultada bajo una losa de olvido tan pesada que ya no pudiera aflorar en la conciencia, Eric Plocica, que ahora reside en Venice (California) ha buscado y continúa buscando respuesta a sus interrogantes. Ha reconstruido el tortuoso y penoso camino que siguió desde su orfanato en Bielsko (Alta Silesia) hasta Barcelona, ha comprobado fechas, ciudades y países, ha anotado los bombardeos que sufrieron cuando los niños y sus guardianes escapaban de los rusos. Tampoco le ha negado a su cerebro las barbaridades que sus ojos de niño contemplaron. "Los niños eran un tesoro nacional y los alemanes hicieron lo imposible para que no pasáramos a manos de los rusos, hasta que un día, al despertarnos, vimos que nuestros cuidadores habían desaparecido". Enrolado en la Marina norteamericana, Eric aprovechó siempre los atraques de la VI flota en los puertos españoles para visitar a la "señora Wanda" y rememorar su estancia en Vallcarca. "Al llegar a Barcelona supe que había salvado la vida. No me siento americano al cien por cien, soy más español que otra cosa, y aunque España se ha americanizado bastante, me encanta el temperamento, el ambiente, el idioma [habla un buen español], la comida, el sol. Eso fue mi patria".

Eric prefiere no hablar de sus primeros recuerdos. Sólo dice que su caso es más triste que el de otros y que, además, tampoco sabe muy bien lo que pasó. "Yo no tenía familia". ¿Y cómo afecta a la personalidad una infancia tan dura?, le pregunto. Responde que los niños se adaptan mejor que los adultos. "Nunca nos faltaron las lágrimas y siempre nos acompañó el miedo a perder la vida, pero, no sé si por inconsciencia o por qué, confiábamos más que los mayores en poder sobrevivir". Sobrevivieron, y aprendieron pronto a valorar lo que verdaderamente cuenta en la vida, tras haber conocido las entrañas del infierno humano. Ellos saben de qué pasta sucia está hecha la humanidad. Que los niños sin nombre de Barcelona, heridos de guerra, encuentren sosiego en la fraternidad universal y en el reconocimiento de quienes conocen su historia. -


28/10/09

Enderezo descoñecido

Comentario de Tania Veiga

Este libro relátanos en forma de carta a relación entre un xudeu, Max, e un alemán, Martin, nun tempo marcado polo ascenso ao poder do partido nacionalsocialista no ano 1938.
Móstranos como a ideoloxía liberal de Martin vai mudando co paso do tempo debido á influencia nazi. Ao mesmo tempo relátanos a difícil situación na que se ve este, xa que na antiga Alemaña nazi o feito de manter correspondencia ou relacións cun xudeu págase moi caro. Todo iso marcado polo interese de Max de saber como lle vai ao seu amigo Martin e a súa incomprensión polo cambio radical ideolóxico do seu amigo, quen antes, cando vivía en América, se definía como un liberal.
Só polas cartas comprendemos a crueldade da Alemaña nazi, que busca o despunte da súa economía durante a gran crise económica que sofre este país despois da Primeira Guerra Mundial e que busca, ademais, crear unha raza aria asasinando a todo aquel que fose diferente, especialmente aos xudeus, a quen culpan en parte da crise.
O xeito de rematar o libro, a vinganza, o código que os lectores pretendemos descifrar... espeluznante.

27/10/09

Primeira reunión deste curso


Hoxe foi a primeira reunión do club de lectura. Si, este club segue con vida, noutro centro e con outro alumnado, aínda que co mesmo espírito e as mesmas finalidades: Lectura e Dereitos Humanos. Teño que recoñecer que sentía un pouco de medo: non coñezo a maior parte do alumnado, nunca houbo un club de lectura e todo resultaba unha novidade que podía saír de diferente xeito. Pero a reunión foi un éxito, a lectura escollida un acerto e o tema propiciou uunn debate extenso e interesante. E iso que non estabamos tod@s!
O libro que lemos nesta ocasión foi Enderezo descoñecido, de Kressman Taylor editado por Xerais.
Nas fotos podedes ver a Mauro, Andrea, Ainara, Carmen, Jenni, Bea e Tania. Faltábanos Fran.





01/07/09

Con Antón Fortes

Última reunión do noso club. Mellor dito, derradeira, témome. Todo un luxo contar nesta ocasión con Antón Fortes, con quen falamos longo da 2ª Guerra Mundial e do holocausto. Non todo o alumnado puido asistir polas datas, pero contamos cun convidado de excepción: un alumno doutro club de lectura. Resultou por tanto, unha experiencia fructífera con novos puntos de vista. E Agustina descubreunos un pasado intrigante do que queremos saber o final.
Grazas, Antón, por vires.
Grazas a todos os compoñentes do club por facermos camiño.